viernes, 9 de agosto de 2013

¿Para cuándo, ché?

Hay cosas que los seres humanos nunca llegamos a aprender. Por ejemplo, no nos cansamos de preguntar cosas que a la gente no la hace del todo feliz. Son las preguntas esas que se hacen por hacer o por el síndrome del “alpedismo” o porque no hay nada más interesante que charlar con la otra persona. Los ejemplos más gráficos: Estás saliendo con alguien. Saliendo. Bien. Chocha de la vida, así, con la palabra “saliendo” vos sos feliz. Punto. No pensás todavía, por más que hayan pasado meses, en cambiar el título. No te importa. Y entonces, de 10 personas, 9 y media te preguntan: “¿Y? ¿Para cuándo?”. Para cuándo qué, la puta que te parió, pensás vos. Pero no querés ser mal educada y sólo llegás al “para cuándo qué”. “¡Para cuándo el noviazgo ché! Ya son salientes hace mucho”. Qué mierda te importa. Pero como sos diplomáticamente correctísima, largás un “Ya, ya… tamos tranquis”. Y sonreís. Estás de novia. Qué lindo. Pusiste el título para felicidad de los preguntones (y de la tuya, claro). Pasan los meses, los regalitos, las comidas románticas, los cines, los teatros, las peleas, los enojos, los viajes, los besos, las risas, las cucharitas, los veranos, los inviernos. Felicidad total. Habemus novio. Y así estamos. Chochos de la vida, claro. Y otra vez, los culillos de siempre. “¿Para cuándo el casorio ché?”. Para cuando se me cante pedazo de boludo. Pero no. Sonreís de nuevo con esa sonrisita que te achina los ojos y que sólo el que te conoce sabe que es medio falsa. Y vamos de nuevo. Misma respuesta. Copiar, pegar. “Y… ya se verá. Tamos tranquis, muy bien así”. Bueno. Pasó el tiempo. Tenés un montón de años y decidís que ok, que te casás. Qué lindo. Qué huevos. Qué amor. Mucha cosa adrenalínica. Y vas, hacés toda la parafernalia pre marital, llega el salón, la fiesta, los regalos, la casita nueva, la luna de miel, la vida compartida. Todo hermoso. Hasta ahora, no necesitás nada más. Y ahí están, nunca se quedan calladitos estos hijos de puta. “¡Ay que lindo! ¿Y para cuándo el bebé?”. Para cuando vos decidas dejar de ser inoportuno, idiota. Pero volvés a sonreir con los ojos más achinaditos. No copio ni pego, elijo un “Ya llegará”. Y un puntito final que no de lugar a mayores inquietudes. Y bueno. Se terminó la luna de miel del primer tiempo y el Evatest marca dos linitas clarísimas. No lo podés creer. Abrazos interminables con el ex saliente, ex novio, actual marido. Nudos en la garganta. Lágrimas, felicidad, emoción. No sabés cómo carajo vas a ser capaz de ser madre, estás llena de amor pero también de dudas, preguntas, miedos… Y acá los preguntones son discretos. Más bien son todos pura alegría y más que nada sos receptáculo de frases del tipo “¡Qué emoción! ¡Van a ser amiguitos de los míos!” o “¡No te puedo creer! Era hora ya!” (acá entran los que tienen un poquito menos de tino). Pero bien. Nada que nos pare tanto los pelos. Pero de un plumazo pasan los 9 meses. Tremendo. Ya casi explotás, estás hecha una ballena. Bueno, todo lo que sigue, pese a mi desconocimiento, todos lo sabemos: contracciones, más contracciones, dilatación nosé cuánto, peridural, piernas abiertas, fuerza, puje puje, la manito del que te hizo eso apretándote fuerte (si aguanta el muy desgraciado), parto. Y bebé. Afuera de panza. Más lágrimas, más amor, más emoción. Más besos y promesas de amor eterno con el ex saliente, ex novio y hoy marido. Y así, casi sin darte cuenta, desvelada, con una cara de culo que no podés disimular ni con todo el corrector del mundo por la falta de sueño, estás dando de mamar al bebé que no llegó ni a los 6 meses. Y antes de la pregunta final que seguramente va a terminar de hacer que odies al mundo, te indagan “¿Ya sabés a qué colegio lo vas a mandar?”. Esto es demasiado. Apenas sé qué marca de pañal voy a comprar el mes que viene. “Ya se verá”, disparás ya sin sonrisa, sin nada de sonrisa. Pero todavía queda la final, ¿te acordás? ¿Y sabés cuál es la que te mandan estos hijos de puta? ¿Sabés? ¡Sí! “¿PARA CUÁNDO LA PAREJITA?”. Y así sucesivamente. Toda la vida.

lunes, 17 de septiembre de 2012

De soretes y fascistas

Yo no soy de la oligarquía. No soy de la clase alta. No tengo ni medio dólar ni tantos pesos. Ahorro muy poco, cuando puedo y lo que puedo. No tengo un caprichito de comprar moneda extranjera ni otro caprichito de viajar por el mundo cuando quiera. Yo nací con la Democracia, en el 83, y no aplaudí ni aplaudo ni aplaudiré jamás a Videla, como dijo la abanderada de una causa que considero más que justa –justísima- a quien yo, una boluda de Barrio Norte que sólo quiere vestirse bien, le doy asco. Yo, como tantísimos otros oligarcas, le doy asco a Hebe, emblema de una ¿izquierda? consecuente. Yo no soy una garca ni una golpista ni una desestabilizadora de la democracia. Yo no soy un “sorete”. Yo no soy ni quiero ser nada de eso, todos adjetivos que he sacado de mi tan heterogéneo Facebook. Yo no quiero miedo. Yo no formo parte de una movilización del miedo y del odio. Yo no quiero odiar y de hecho, no odio a nadie. Yo sí quiero inclusión. Yo sí quiero dignidad. Yo sí quiero jóvenes que se involucren cada vez más. Yo sí quiero un país más justo. Yo sí creo en la igualdad de derechos para todos (y todas). Yo sí creo en el Matrimonio gay, lo he apoyado y lo voy a seguir haciendo. Yo sí quiero que haya Asignación Universal por Hijo y también quiero que los planes sociales sean medidas paliativas como un puente hacia algo mejor y más profundo. Yo sí quiero que se juzgue a quien se tenga que juzgar y también aspiro a un Nunca Más. Yo sí creo que debe haber una Ley de Medios justa y no me gustan los monopolios (pero de ningún tipo). Yo, aclaro, no sé de política y lo que digo, hago o escribo, sale desde lo que considero más justo o desde mi sentido común. No he leído a grandes intelectuales o politólgos. Prefiero leer una buena novela que me saque de la realidad y me haga ser parte de ese mundo paralelo, divino y mágico que sólo pueden darme mis escritores favoritos. Pero yo igual puedo gritar. Puedo salir a la calle. Puedo estar en contra. Puedo movilizarme. Puedo, aunque no lo haga, golpear cuantas cacerolas quiera. Porque soy pueblo también. Porque somos todos pueblo. Los que tienen más, los que tienen menos, los que tienen más o menos y los que no tienen nada. Entonces, no me conformo solamente con lo lindo que me plantea la teoría del modelo. Yo no quiero que se vayan. Quiero que terminen su mandato. Yo quiero igualdad, equidad y justicia. Pero no la quiero así. Así no. Yo no quiero más Indec. No quiero más Ciccone. No quiero Moreno, De Vido y Abal Medina. No quiero que me mientan. No quiero que un funcionario me hable de veranear en el país y ver después su modesta casita en Punta del Este. No quiero que me prohíban algo que ellos no ejercen. No quiero una re reelección. No quiero ni creo en una perpetuación en el poder. No quiero una izquierda ficticia que me habla de distribución de la riqueza y aumenta su patrimonio en un 100, 200, 300 por ciento en pocos años. No quiero que me tilden de fascista por pensar diferente. No quiero que hablen con bronca de la gente bien vestida con fragancia extranjera cuando prendo la tele y tengo una cadena nacional con la Presidenta (que eligió el 54% de los argentinos) enfundada en un traje carísimo del que ni siquiera conozco la marca, un Rolex que seguramente nunca me pueda (ni me interese) comprar y una fragancia más cara de la que debe haber aromatizado a toda la marcha del odio y la oligarquía. No quiero eso. No quiero voluntades compradas ni limosna para los que menos tienen mientras los propulsores de este proyecto nacional y popular se inflan los bolsillos año tras año. Escucho funcionarios que dicen que armemos partidos políticos. ¿Tengo que armar uno? ¿Tengo que sí o sí militar en alguna agrupación para estar en desacuerdo? Me han tildado más de una vez -una amiga a quien respeto y admiro que milita en una agrupación kirchnerista- de “utópica”. Pues será que lo soy. Porque no quiero más el “estamos mucho mejor que en 2001, por más que se robe”. No quiero más el “Te quejás de lleno. Todos afanan; éstos al menos hacen”. Yo no quiero que se robe a mansalva. Yo creo que un proyecto que se dice popular puede y debería tener un marco de moralidad que lo haga más creíble. Yo creo en esa ¿utopía? Yo reconozco que se ha hecho y se han concretado logros (eso no es para levantarse y aplaudir. Eso es lo que tienen que hacer aquellos que representan a una Nación. Más aún estando casi una década en el poder). Pero no soy maquiavélica y quiero, espero y anhelo que el fin no siempre justifique los medios. Porque para mí es ahí cuando pierde valor. Cada cual como quiera. Cada cual como pueda. Los reclamos suman, los pedidos -sean de la clase que sean- son necesarios y deben o deberían ser escuchados. Soretes, mala gente, resentidos, embroncados y llenos de odio… he visto en todas partes. Así que ni oligarcas ni golpistas. Ni milicos ni fascistas. Paremos. Pensemos. Respetemos. O al menos, hagamos el intento.

jueves, 24 de mayo de 2012

Sorete

Mi ahijado de 4 entra en lo de mi vieja. Se frena. Me mira. Mueve la cabecita para los costados. Y dispara: -Así que te han ‘choriado’ el celular Abi. -Sí amor. ¿Te das cuenta qué feo? -Horrible. Y todo te han choriado. -Si Princi. Todo. -Ya no tenés nada de nada de plata. -Algo… pero poquito. Necesitaría un abrazo fuerte de ahijado amado. -Sí. Eso necesitarías. Y me abraza fuerte. Y me planta un beso en el cachete y me empapa de olor a colonia recién puesta. Y encima, me dice que me ama. Y yo me olvido del mal trago, de los pasos acelerados y torpes de seis pobres tipos, de la pistolita plateada y del Sr. Estado. Soy feliz y le digo que lo amo más. Me mira, ya despreocupadísimo por el asunto, y retruca: -¿Te conté que Pierino ya no se anda tocando el pito todo el día? -Ay amor, qué bueno. Menos mal. Ya aprendió entonces que es privado, como te expliqué el otro día. -Sí. Pierino ya sabe que el pito se usa para hacer pis y punto. Da por finalizada la charla, se da vuelta y se va solito en busca de su Porche rojo. Antes de llegar al patio pasa por el baño y me grita: “para hacer pis Abi. Sólo para eso”. Quiere que me quede claro. Le digo, conteniendo a más no poder la risa, que por supuesto, que tiene razón. Igual, le queda latente el temita robo y ladrones. Indaga más. Quiere saber dónde se fue el ladrón, dónde vive, cómo es. No sé mi amor, se fue en una moto. ¿Tenés ganas de decirle algo? -Sí. Sorete. Es un sabio mi rey. Le digo que yo también le diría lo mismo y le canto la canción ‘Soretes para la cena’ de Capusotto, que le encanta (soy una madrina delicada y fina, claro está). Nos reímos y le planto un beso molesto de tía asquerosamente babosa. Ya no tengo mi celular y lo tengo que seguir pagando. No tengo las fotos ni mi billetera ni mis contactos. Pero tengo un ahijado que me alegra la vida y me hace la madrina más feliz del mundo. El resto, ahora, me importa un sorete.

lunes, 23 de enero de 2012

Tarde con mi ahijado

Cuidar a mi ahijado no tiene desperdicio. Nunca. Es un torbellino. No para. Habla. Se ríe. Se enoja. Me desobedece. Me da besos. Me saca el título de madrina en un segundo. Me dice que me ama. Me dice que no me quiere más. Me pregunta si tengo auto. Me dice que debería comprarme un Audi TT. Entre el sinfín de experiencias y charlas que tengo cuando estamos solos, siempre da la nota con algo. Con algo que me saca de la realidad y me sumerge en un descomunal ataque de risa. Hoy fueron dos. Léase que el ahijado, Felipe, aún no cumplió 4 años.
- Abi (es el intento de “Madri” que ya quedó como mi apodo formal), ¿no es cierto que los varones no tienen que andar tocándose el pito?
- No amor. Ya te expliqué el otro día que no
- Claro que no…Pierino (compañero de jardín) se toca el pito como mil veces por día. Pésimo está. ¿No es cierto Abi?
- Ya te expliqué amor que el pito es algo tuyo, es privado
- Sí. Privado. Sólo puedo tocarlo en el baño. Porque ahí hago pis y lo tengo que agarrar
- Claro bebé.

Hago un gran esfuerzo para disimular la risa y cambio de tema. Le pregunto cómo se había portado en el cine el sábado (su mamá ya lo había delatado usando palabras poco felices como “insufrible”, “pésimo”, “peor imposible”, “intratable”, entre otras…). Se encoge de hombros, entre cierra los ojos y pone las palmas de las manos hacia arriba.
- Y… no tan bien. En realidad bastante mal Abi
- ¿En serio amor? ¿Y por qué? ¿Qué pasó?
- Me he portado pésimo. Re mil mal. Pero bueno… fue un accidente
- ¿Un accidente? (estoy entre hacerme pis encima o morfarlo a besos. Pero necesito escucharlo más)
- Sí Abi. Un accidente en el cine. No quise portarme mal. Fue un accidente. Y ya no quiero hablar más.

Obediente, le aconsejo que se porte mejor entre besos y abrazos. Poco me importa en realidad su conducta cuando tengo su cuellito transpirado en mi cara y le digo que lo amo. Me abraza con fuerza, me da un beso mojado y torpe y remata:
- Abi, vos que me amás mucho… ¿me vas a comprar otro auto cuando puedas? (tiene un Porche rojo que ya está muy viejo y al que ni los pedales le quedan sanos)
- Obvio mi amor. Cuando tenga más plata te compro otro. Sólo a vos, porque sos mi único ahijado.
- Sí, los demás son “sólo sobrinos”. Cuando puedas, entonces, quiero un Audi TT.
- Hecho.

Mentira piadosa. En dos horas, el ahijado único que Dios me dio me convierte en la madrina más feliz del mundo. Eso sí.: sigo corroborando que la maternidad no es lo mío. No todavía. Ahora que se fue, disfruto de mi cigarro obligado y mi silencio divino. Me duele la cabeza con sólo mirar el caos que me dejó entre las galletas de chocolate, el Porche, los barcos de papel, el fuentón que hizo de mar y el paño empapado con el que limpió su auto.

martes, 5 de julio de 2011

El paraíso desde mi ventana

Desde la ventana de mi departamento, la que me da mucha luz, se ven un montón de ladrillos naranjas de un edificio enorme y caro, una pared blanca y vieja llena de manchas de humedad, unas rejas negras que protegen el balcón de una casa vecina, un perro bastante poco agraciado que se llama Homero y que en invierno usa saquitos de todos colores más lindos que los que tengo yo para paliar el frío, un solo árbol enano que es lo único verde que me saluda y dos estructuras exteriores de aires acondicionados. No tienta, ¿no? Pero para mí, cuando fumo un cigarrillo en alguno de mis descansos, la vista es un paraíso. Es mi paraíso bullicioso de barrio Norte y silencioso de compañía. Y lo amo.

lunes, 3 de enero de 2011

Estrecho resumen de mi 2010

Se va. Como todos. Pasó volando. Como todos. Aunque me parece que cada vez más. Fue bueno. Muy bueno. Con lágrimas, pataleos, dudas, errores, broncas, enojos. Pero bueno. Mejor dicho, por todo eso también fue bueno. Este año reí. Lloré mucho. Aunque reí más de lo que lloré. También me reí de mis lágrimas. Me reí de mis dudas y mis planteos. Me reí de mis pensamientos. Y me enorgullecí también. Y también lloré por ellos. Este año fui feliz. No lo fui tanto de a ratos. Sólo de a ratos. Me conocí un poco, un poquito más. Disfruté la soledad. Disfruté la compañía. Besé con ganas y sin ganas. Quise poco. Quise mucho. Me enamoré o algo así. Exploré. Sentí. Me dejé sentir. Fui consecuente y a veces no tanto. Me emocioné hasta sentir mezcla de dolor y cosquillas en el alma. Me caí muchas veces. Me tropecé muchas más. Me levanté. Me volví a caer. Trabajé mucho. Trabajé feliz. Trabajé con orgullo. Trabajé con pasión y a veces con desgano. Conocí gente. Conocí buenas personas y algunas que no lo son tanto. Tomé cerveza los martes y miré las estrellas mientras lo hacía. Tuve resacas feas. Tuve resacas mezcladas con ataques de risa. Tuve noches de insomnio. Tuve noches de paz y sueños. Tuve noches de películas malas y de libros maravillosos. Tuve noches de compañía y noches de soledad. Fui al súper con listas ridículas que aprendí a armar con el paso de los meses. Me mudé la semana de la nieve. Vi nevar por primera vez desde una ventana nueva y desconocida. Y lloré por eso. Y sonreí con ganas por lo mismo. Aprendí que el llanto no es eterno, que las noches de almohadas empapadas ayudan a crecer, que la bronca por sentirse mal pasa y que el dolor que parece infinito se salpica siempre de una buena noticia. Aprendí que a las decisiones sólo puede tomarlas uno mismo y nadie más. Abracé a mis sobrinos con todas mis fuerzas. Los amé más que nunca al repasarlos en mis noches de insomnio. Me convencí de muchos argumentos propios. Descubrí que respeto los ajenos pero defiendo los míos. Aprendí que no hay fórmulas para nada, que soy mucho más relativista que absoluta y que me gusta dudar de todo. Aprendí que me molestan los extremos y que me cansa del mismo modo escuchar posturas diestras y siniestras. Aprendí que si trato de ser tolerante, tengo un puente más placentero hacia el bienestar y la paz conmigo misma. Aprendí que eso no es fácil y trabajo para lograrlo. Escuché música lenta para llorar y movida para bailar. Fui a bailar prácticamente todos los fines de semana. Bailé sola. Bailé con amigas. Bailé con amigos. Bailé con amantes. Amé. Odié momentos más no personas. Dudé de todo mil veces. Pensé demasiado cuando no tenía que hacerlo tanto. Me arrepentí. Pedí perdón y me perdonaron. Corroboré que la cabeza y el corazón no se llevan bien. Descubrí que muchos de los consejos que me dieron algunas personas que me rodean no son los que quiero. No los puse en práctica. No me equivoqué. Traté de comer bien y sano. Comí bien y sano a veces. Comí mal y poco sano otras. Comí muchos fideos y hamburguesas. Y también comí tortillas de espinaca, tomates y atún. Tomé dos litros de agua casi a diario. Hice gimnasia tres veces por semana. Fumé. Fumé muchísimo. Pasé de fumar 7 cigarrillos a devorar 20 en un día. Disfruté mis días con Sabina de fondo prácticamente a diario. Escuché Drexler, Serrat, Silvio… Y hasta Arjona, Luis Miguel y los Guns mientras ordenaba mi casa. Ordené más de lo que quería. Probé detergentes y limpia muebles baratos que no valen la pena. Pagué los más caros y me duraron más. Volví a leer a Sábato, a Eco, a Dostoiesky, a García Márquez, a Cortázar, a Singer, a Saramago, a Aguinis. Y también leí novelas baratas de autores poco intelectuales. Todas me llenaron el alma y me aportaron algo. Me hice nuevos amigos que valen la pena y que no sabía que tenían tanto parecido a mí. Fui buena hija, buena hermana, buena tía, buena compañera y buena amiga. Y a veces no lo fui tanto. Postergué planes y no me hice cargo de muchas cosas. Pero concreté algunas importantes. No fui al médico. No me enfermé. No tuve más síntomas extraños como los que me atormentaron en 2009. Fui transparente. Fui yo. Miré con pasión. Me miraron con pasión. Me tocaron el alma sin que me diera cuenta. Me rompieron un poquito el corazón por primera vez. Tuve charlas sin desperdicio con mucha gente. Tuve otras para el olvido, de esas que restan. No escuché ninguna misa. No me confesé. No me amigué con la religión y tampoco me quitó el sueño. Pero amé a Dios con todas mis fuerzas y hablé con él todos los días. Me sentí protegida por Dios y le di las gracias por eso. Este año fui lo más parecida a lo que quiero ser. No siempre. Pero casi siempre. Viví, sentí, dudé, amé, conocí, me equivoqué, reí, lloré. Se va 2010. Y yo, confieso que he vivido.

martes, 14 de septiembre de 2010

Silencio

Silencio. Silencio de soledad. De soledad linda, que no lastima. Silencio de lunes por la noche en la Santa Fe. Silencio de libertad y de palabras. Silencio de sentimientos que aún no logro comprender. Silencio de risas ajenas y consejos prestados. Silencio de bocas, de brazos y mimos. Silencio de amigos, de amores y amantes. Silencio de vos. Silencio de mí. Silencio mayor, que me deja muda. Silencio de padres, de hermanos y tíos. Silencio de paz. Silencio de alma. Silencio de hojas, de días y noches. Silencio de mar. Silencio de estrofas. Silencio de juegos, de tardes eternas. Silencio y yo sola. Silencio de vida. Silencio de dudas, de mentes absurdas, de respuestas vagas, de mil y un preguntas. Silencio que toca, silencio que llega, silencio que roza pero que no hiere. Silencio de amor. De oración y duelo. Silencio de rosas, de anillos y cenas. Silencio de meses, de estos 9 meses. Silencio que crece. Silencio que ayuda. Silencio de ojos, de manos y dedos. Silencio de sexo, de pasión y cama. Silencio en tu vida. Silencio en la mía. Silencio que llega y que no se va. Silencio que apura, que se va y que vuelve. Silencio en tus manos. Silencio en las mías. Silencio de meses, de meses oscuros. Silencio sin nubes, silencio con lluvias, con soles y nieve. Silencio de causas, razones, certezas. Silencio de vos. Silencio de mí. Silencio de a dos. Silencio lejano. Silencio callado. Silencio en la noche. Silencio de lunes. Silencio de mí, de vos y de a dos. Silencio que aumenta y que no se explica. Silencio en mi cama, chica, vieja y mía. Silencio en mi cuerpo. Silencio en mi mente. Silencio en mis besos. Silencio en lo falso. Silencio en intentos. Silencio en acuerdos. Silencio de meses. Callado silencio. O locuaz silencio. Silencio de espera. De llantos. De miedos. Silencio, acá estoy. Silencio, me entrego.

jueves, 2 de septiembre de 2010

De a poco

De a poco, de a poquito te voy sintiendo mío. Muy mío. Cuesta, sí. Pero qué bien se siente. Son las 12.30 de la noche y a nadie le molesta el ruido de las teclas que suenan desesperadas con la música de Bebe de fondo que me da muchas pero muchas ganas de vivir. Y me siento viva. Me siento feliz. Arriba de mi departamento, una francesa invitó a medio mundo para inaugurar su nueva casa y yo escucho las risas cerca de mí y hoy, eso me alegra. Hace un rato que terminé la tercera nota para la revista y el olor a cigarrillo me está ahogando. Pero me encanta. Y cuando se mezcla con Lisoform no molesta tanto. Es el olor de casa. De mi nueva y pequeña casa. Mamá ya me dijo que abra las ventanas para que se ventile. Le hice caso pero el olor no se va. Y me sigue gustando. Lavé los platos del medio día hace un ratito pero no los guardé, quedaron en el seca platos escurriéndose. Y para mí quedan divinos. Mientras los lavaba me di cuenta de que estaba pisando algo arenoso. Era el pan rallado que había desparramado mientras preparaba mis primeras milanesas independientes, que ya frizé para comer durante varias semanas con tomates, papas, huevos, tomates, papas y huevos. Sí, extraño las tartas, pasteles, carnes al horno y panqueques de mamá, para qué voy a mentir. Pero me gusta mi comida. Juro que me gusta. Ya barrí el piso y no hay más pan rallado en mi cocina. Dejé la sartén con aceite porque estaba complicada. Pero qué importa. Es más: mañana puedo volver a freir ahí las patitas de pollo porque el aceite no se quemó. Miro por la ventana en busca de vecinos pero no hay nadie. Parece que hoy, martes, todos duermen menos la francesa, su mundo y yo. Me espera mi libro en la cama y el último delicioso y perverso Philip. Y a seguir. Y a empezar. Y a vivir. La tristeza de los viejos duele, siempre. Pero de a poco van entendiendo, de a poco están sonriendo con sinceridad otra vez. Empiezo a escribir mi historia entre estas paredes color crema que cada vez siento más mías. Empiezo a tener mis reglas, muy mías. Empiezo a vivir como me gusta. Como puedo. Como me sale. Empiezo a ser yo y eso me llena el alma. De a poquito. Paso a paso. Estoy cerca de la felicidad. O ya entré, no lo sé. Mamá quiere que bendiga el depto. Yo ya lo siento más que bendecido. Entré por un sueño y eso me alcanza. Llegué con una decisión y eso me basta. Vine con la certeza de hacer de este mi hermoso hogar y me parece más que suficiente. Está bendencido, má. Muy bendecido. Y a Dios, gracias. Por hacerme ver la vida de otra manera. Por hacerme diferente aunque me cueste. Por hacerme abrir los ojos y seguir mi camino. Por soplarme al oído que no me equivoqué. Por estas paredes crema que ya siento mías. Por las cortinas que me faltan y los libros que me esperan en mi cama vieja. Gracias. Gracias. Gracias.

jueves, 15 de abril de 2010

Despedida


Lo miró desganada. Dejó la copa larga de cristal azulino con el champagne a medio terminar. Se abotonó el vestido rojo, el mismo que usaba cada 20 de agosto desde hacía casi ocho años, y entró al baño. Se miró en el espejo. El negro pegajoso de la pintura teñía sus ojos color miel y tenía la cara pálida, ya sin rubor. Casi automáticamente se acomodó el pelo despeinado con la mano y pasó su dedo índice por una de sus cejas.
- Me voy. Se hace tarde.
- Y no me decís nada… te vas. Así.
- Me voy.
Salió de la casa en medio de una oscuridad que se acentuaba aún más en ese pasaje desolado. Buscó un taxi y no lo encontró. Decidió caminar. Divisó su departamento a lo lejos, compró un paquete de cigarrillos en el kiosco de la esquina y llegó. Metió la mano en la cartera y buscó las llaves. Siguió con la mano adentro de su bolso. No estaba. Igual, ya no lo quería.
El anillo había quedado allá, encima de la mesa de luz, la misma en la que cada 20 de agosto apoyaba su copa de champagne mientras se sacaba su vestido rojo.

sábado, 10 de abril de 2010

Soledad (Drexler)

Soledad,
aqui estan mis credenciales,
vengo llamando a tu puerta
desde hace un tiempo,
creo que pasaremos juntos temporales,
propongo que tu y yo nos vayamos conociendo.
Aquí estoy,
te traigo mis cicatrices,
palabras sobre papel pentagramado,
no te fijes mucho en lo que dicen,
me encontrarás
en cada cosa que he callado.
Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo.

sábado, 3 de abril de 2010

Lluvia


Me gusta la lluvia. Pero que me guste no significa que me alegre. Todo lo contrario. Me gusta, pero me pone triste. Hoy fue un sábado gris, lleno pero lleno de lluvia. A veces finita, a veces no tanto. Fumé como quince cigarrillos mientras miraba hacia la ventana y analizaba la forma de las gotas gordas que caían sobre el vidrio. Leí, ordené, vi dos películas a medias, tomé casi dos litros de mate y lloré un poquito. Un poco. La lluvia me pone así, me saca las lágrimas que me guardo en los días de sol. Pero igual la quiero. Me gusta mirarla, me gusta el fresquito que entra por la puerta del patio cuando llueve, me gusta que me haga acordar que a veces es bueno sacar las lágrimas, me gusta que sea sábado y llueva. La lluvia y la soledad se llevan bien. Y yo, de a poco, estoy aprendiendo a llevarme bien con ese nuevo combo…

martes, 9 de febrero de 2010

Se fueron nomás...

La ropa sucia desparramada en la valija. Un poquito de arena que salpica los zapatos. A los bronceadores los guardo en el cajón y uno que otro shampoo de frasco chiquito queda en el estante de mi cuarto para el año siguiente. Bolso de mano listo. Casa cerrada. Se fueron nomás. Y qué cortitas son… mientras viajo en el ómnibus me hago la tonta. Total… sigo viajando, sigo de vacaciones, pienso. Miro por la ventanilla ese paisaje que se repite a lo largo de toda la ruta y trato de resolver la existencia. El gris del asfalto, el verde parejito del pasto y mis ideas que van y vienen como los veranos. Duermo. Me despierto. Leo. Quiero fumar y huelo respetuosamente mi paquete de Philip 20 nuevito. Mi enano duerme como un angelito con su gorra decana entre los brazos. Las horas pasan, Sabina me endulza los oídos y cada vez tengo menos escapatoria. La costa quedó lejísimos, los edificios de Buenos Aires muy atrás. Me despierto después de un sueño cortísimo y a la izquierda me sonríen José Cano y Juan Casañas en un cartel gigante. Listo. No hay con qué darle. Estos son nuestros. La hermosísima entrada a mi Tucson querido me recibe con su divina pintura celeste y verde que me recuerda la prolijidad impecable de mi municipio capitalino. Bienvenidos a San Miguel de Tucumán. ¡Muchas gracias! Sigo medio dispersa y medio dormida. Pero todavía estoy con la cabeza apoyada en la almohadita de El Norteño Vip comodísima. El ómnibus para. Ya está. Bajo las escaleritas con mi enano y su gorra decana, y una ráfaga de viento zonda me quita la respiración. “Íte bajando las valijas vos papito”, le grita una mujer gordita y transpirada a su marido al que literalmente le falta el loro. Definitiva y evidentemente, llegué a mi amado Tucumán. Y ahora, a trabajar gente. Aunque después de mis churros, mis hamburguesas post boliche, mi balneario querido, mi sol fresquito y mi viento miramarense, cueste tanto…

lunes, 30 de noviembre de 2009

Extraño


Extraño tus olas en la orilla, tus carpas blancas y verdes, tu pasillo angosto y tu baño lleno de arena. Extraño el olor a colonia que me pongo cada tarde después del sol de todo el día. Extraño el asador de mi galería, el tablón blanco y viejo y las mollejas que me compra papá cada 16 de enero. Extraño las risas que encierra el patio de piedritas cada noche estrellada. Extraño las gotas frescas y saladas que reciben a mi cumpleaños pero que no me impiden cantar en el karaoke de la peatonal hasta las 6 am. Extraño el olor a churros calentitos que siento mientras pedaleo en mi bici hacia el balneario. Extraño tus árboles parejitos y verdes de la calle 20. Extraño mi libro húmedo en la costa y la sal que me como cuando me humedezco el dedo para pasar de página mientras el viento me pega en la cara. Extraño mi desorden de bikinis, remeritas y shorts en mi cuarto con olor a humedad. Extraño la arena entre mis manos cuando invento castillos y pienso. Extraño el cigarrillo del atardecer con el mate ya lavado pero riquísimo. Y los bizcochitos de grasa de Ervimar. Extraño la 37 de tierra y polvo.
Aunque te esté por abrazar de nuevo en poco más de un mes (si Dios quiere), te extraño, siempre. Y en esta época, más.

domingo, 11 de octubre de 2009

La última de mi enano

La tarea de mi enano del martes 6 de octubre fue escribir un cuento fantástico en la clase de Lengua. Lo transcribo tal cual:

“Había una vez un duende en Salta, un duende negro y feo. Tenía un sombrero negro y vivía en una cueva oscura. Todos los chicos le tenían terror y se escapaban cuando aparecía. El duende se comió un chico y lo vomitó. Ta taaann”.

Literatura pura la de mi enano, ¿eh? Agatha Christie, un poroto.
Sin palabras.

miércoles, 15 de julio de 2009

La prueba de Ser Crunch


Ella tiene una sonrisa de oreja a oreja. Dice que está nerviosa porque tiene una entrevista de trabajo. Le cuenta a su amiga que la ansiedad le causa unas ganas infinitas de comer, pero de algo polenta, algo que la llene. Su amiga tiene la solución. Le ofrece un yogurcito Ser Crunch. Mmmmm… crunchy crunchy, ella lo devora y se come esas pepitas aparentemente deliciosas de chocolate mezcladas con la leche espesa. Entrecierra los ojos y da placer el sólo verla. La situación pertenece a una propaganda de TV.
En fin… aunque detesto los productos dietéticos, hice la prueba sólo para ver cuánta verdad había en esa tanda. Iba caminando hacia el Ente de Turismo y deseé un yogurt. Siempre compro un yogurísimo común, de esos dulces y con los copos azucarados. Pero me dije… a ver, vamos a ver cuánto de real tienen esos ojitos teñidos de placer de la muchacha Ser que dibuja un cero en el aire con su cuchara.
Pagué con 5 pesos, me dieron 2 de vuelto y una cucharita de plástico. Separé los dos potecitos, mezclé el yogurt con los crunchys y empecé a comer la delicia. Primera cucharada. El gusto a edulcorante me llenó la boca. Fui por la segunda. Ahá. Extrañé mi pan con manteca y mermelada de arándanos. A la cuarta, me sentí llena, eso sí. Pero por lo fiera que me resultó la oferta de Ser. No llegué a la quinta. Busqué algún niño pobre en la calle pero no lo encontré. Lo tiré en el tacho de basura.
¡Vaaaaamos! Eso no es un placer… eso no quita el hambre. Eso pone de mal humor. Eso no tiene azúcar. Eso aburre.
Dos horas después llegué a casa. Débil por los nutrientes que me aportaron los crunchys me fui al gimnasio a regañadientes. Una hora más tarde, partí un pan francés al medio, le puse manteca y lo espolvoreé con azúcar. ¡Qué feliz fui! ¡Qué cosa más hermosa es la comida común! Me prometí hacer una campaña para desmitificar a Ser y a su séquito. Y acá estoy. Yo, nunca más voy a hacer la prueba… Y el día que la manteca me saque factura y me agrande el traste, comeré sólo medio pan francés. Pero un Ser, jamás.

sábado, 27 de junio de 2009

Noche de espera, de baños y charlas

Una y media de la mañana. Los vidrios de mi ventana están empañados y como siempre en mi cuarto hacen 5 grados menos que en el resto de la casa. Prendo el caloventor un ratito porque me ahoga. “A mi también me ahoga, Luli”, me confiesa mi enano (el de 8) mientras lee su libro “Exploración al Espacio”. Ya se metió en su cama (al lado de la mía), tiene el pelo aún húmedo por la ducha y entre hoja y hoja me muestra cómo le suenan los dientes cuando se pasa el dedo índice por los dos de adelante (eso quiere decir que están impecables, que se los lavó muy bien). Le digo que sí, que brillan, pero que nos callemos un ratito así cada uno lee lo suyo. Me muero por saber cómo termina Martín en Sobre héroes y tumbas. Me concentro, me tapo hasta el corazón y arranco las últimas cinco páginas de Sábato. Pero mañana llega el papá de mi enano y, yo sé muy bien, eso lo inquieta, lo pone ansioso, le quita el sueño y se le da por la verborragia. Ahí voy: justo en uno de los recuerdos de Alejandra Olmos, la vocecita de mi enano me interrumpe.
- Luli, ¿te parecen ricos los chizitos?
- Sí, amor. Me gustan.
- Ah… no, a mi no. Prefiero las papas y ahora vienen unas que son de forma de palito, que hasta le podés poner ketchup.
- ¿Sí? Mirá vos qué bueno. A mi me gustan las dos cosas
- No… los chizitos a veces son como chicle
- Sí, pero los de mala calidad amor.

Bien. Se calla un ratito y se vuelve a concentrar en la foto de un astronauta pisando la luna. Bosteza. Vuelvo al ruedo, busco el párrafo que había dejado y acomodo mi almohadón para seguir. Ahí vamos…
- Luli, ¿vos vas a misa?
- No amor, no voy
- ¿Por qué no vas?
- (mmmmm) Y… porque me aburre
- ¡Sí! A mí también me re aburre. Capáz que cuando sea más grande me gusta más
- Claro chancho, capaz… si a uno le hace bien tiene que ir

Asiente y deja el libro al costado de la cama. Es el turno de las plastilinas. Mi enano es un artista hecho y derecho. Guarda en su caja roja todo tipo de artesanías que modela con sus manitos diminutas: astronautas, naves, cohetes, planetas, Marios Bros y Pukas. Arma ciudades enteras con masas de colores. Otra vez busco el renglón que había dejado. Martín está teniendo una charla sin desperdicio con un camionero humilde. Pero no puedo enterarme de más detalles.
- Luli, ¿la Virgen se le puede aparecer a cualquier persona?
- (Ay, Dios, las preguntas de mi enano) Dicen que se le apareció a algunos amor, pero no conozco a nadie que le haya pasado
- ¿Y a Bernardita?
- Claro, ¿ves? A ella dicen que sí. Pero yo no sé… no creo que alguna vez se nos aparezca
- Claro… igual no me daría miedo porque es buena. ¿Y el demonio se nos puede aparecer?
- No, amor (ojalá que no ché, pienso). El demonio no. Aparte vos sos un sol, cómo se te va a aparecer el demonio.
- Sí, qué tonto. Es verdad

Resigno la lectura para la siesta del día siguiente. Son más de las dos de la mañana y el cansancio me vence. Cierro a Sábato y le digo a mi chancho que es tardísimo y que es hora de dormir. “Bueno”, me dice convencido. “¿Rezamos?”. Sí amor, por supuesto. Y decimos la misma oración de cada noche que dormimos juntos. “Diosito, te damos gracias por todo lo que tenemos. Te pedimos por… (nombramos a toda la familia, claro) y te pedimos que nos enseñes a ser mejores personas todos los días. Angel de la guarda, dulce compañía, no me desampares… Amén”.
Apago la luz y le doy la mano por debajo de mi colcha. Es nuestro secreto (era) porque así se duerme más fácil. Pero no funciona esa noche. Estoy en ese escalón hermosísimo en el que se viaja hacia el sueño, a punto de dormirme, entre la conciencia y la inconciencia.
- ¿Luli?
- Qué enano… (mi voz ya no es igual que a la 1 y 30)
- No me puedo dormir…
- Tratá, amor. Cerrá los ojos, pensá cosas lindas y te vas a dormir.
- Pero si eso hago y no puedo igual
- Amor, hace poco apagamos la luz. Dormite rápido y así va a llegar más rápido el papá
- Bueno…

Otra vez estoy en el escalón hermosísimo. Le siento la respiración y pienso que ya, ya se duerme.
- ¿Luli?
- Qué
- Me hago caca
- Uh, chancho. ¿seguro? (tía mala con fiaca de llevarlo al baño)
- Segurísimo

A prender la luz, a destaparse, a pisar el piso helado y al baño. No se anima a ir solo. Lo acompaño. Camina con su piyama de ositos y se sienta.
- ¿Ves que era verdad?
- (me río y se me va el sueño). Veo mi amor, veo.
- ¿Cuántas horas faltan para que llegue mi papá?
- (miro el reloj. Son las 2 y 40) Seis horas chancho. Casi nada.
- ¿Y ahora?
- ¡Lo mismo enano! Si me acabás de preguntar
- O sea que ya casi es de día
- No tanto, para eso faltan unas 4 horas
- Cierto, mi papá llega de día

Apago la luz del velador otra vez, le vuelvo a decir que sueñe con los angelitos y cuento las pocas horas que me quedan por dormir antes de irme a trabajar.
- ¿Luli?
- Enano, no es hora de charlar ya, en serio. Tengo que levantarme temprano. ¿Qué pasa?
- Que me gusta conversar
- Mi chiquito… a mí también me encanta. Pero por hoy fue mucho. La seguimos mañana, ¿dale?
- Dale…

Logra dormirse antes que yo. Respira distinto, con esos ronquidos típicos de él que me hacen dar cuenta de que ya puedo soltarle la mano y acomodarme como más me guste. Cierro los ojos tranquila, le doy una última caricia en su cachete suavecito y me duermo. No importa las horas de sueño que me quitó mi enano. Le gusta conversar. Necesita conversar. Muerta de ternura, me entrego a la maravillosa inconciencia de las noches. Sueño que como chizitos con ketchup en un cumpleaños.
En eso estoy cuando el patético sonido de mi celular me anuncia que es hora de partir hacia el estudio. Con un esfuerzo sobrehumano, me paro de la cama con la piel de gallina. Lo alzo dormido para llevarlo al cuarto de mi mamá y me envuelve con sus patas flacas mientras apoya su cabecita en mi hombro.
Me estoy lavando los dientes.
- ¿Luli?
- Qué mi amor. ¡Qué hacés despierto!
- ¿En cuánto llega mi papá? Ya es de día
- En media hora chanchito

Sonríe de esa manera única, con esa sonrisa que no tiene siempre, sólo cuando algo le genera demasiada pero demasiada felicidad y se va descalzo a la cama a dormirse de nuevo. Me perdí el reencuentro, sí, pero viví la previa. Hermosa, como mi enano.

lunes, 15 de junio de 2009

¡Gracias má!


La mujer tiene el pelo platinado, no es rubia sino que sus mechones gruesos y con olor a spray de peluquería cara son casi, casi blancos. Tiene rulitos en las puntas, le caen sobre los hombros desnudos. Sus ojos están muy separados y sus pómulos intentan ser lisos en vano; pobre mujer: parece que está chupando un foco de tanta aguja que le aplicó a sus labios (que alguna vez deben haber sido armónicos). Se ama casi con pasión, se mira al espejo con reverencia y hasta a veces se sonríe entre pasito y pasito. Un, dos, tres… carga más peso sobre sus hombros y mueve sus rulitos al compás del punchi punchi y larga un largo y exhausto -pero placentero- “Uhhhhhh” (no de lamento ¿no? Sino de aliento, de “yo puedo”, de “quiero más cuadraditos en mi panza ya sin pupo”) mientras suda de gozo y alegría.
Entonces agradezco la esencia que me rodea. Alabada sea mi madre que come milanesas con puré y dice que sus arrugas guardan trozos de sus 62 años, que son marcas de su vida y que las ama mucho. Gracias, mamá, por no dejarme ser nunca jamás como la mujer enruladita, con ojos separados y sin pupo.

lunes, 27 de abril de 2009

Mis 15

1) Sentir el ruido de la lluvia afuera y taparme con la colcha hasta el cuello
2) La risa de mis cuatro sobrinos
3) La casi inexistente soledad de mi casa
4) El olor que me deja mi novio cada vez que me abraza
5) Los ataques de risa que me hacen llorar
6) La milanesa con puré y mayonesa (hecha en casa: 3 yemas y muuucho aceite)
7) Los “te quiero mucho” de mis poco expresivas amigas
8) Saber que después del baño me espera un buen libro en mi cama
9) Salir a comer con mis viejos y escucharlos decir “Salud por nuestro amor”
10) Mi fernet helado y mi Philip diez (o 20)
11) El dulce de leche marmolado de Blue Bell (con mucha crema)
12) Las charlas filosóficas de mis sobremesas
13) El beso inesperado cuando mi chico me abraza de la cintura
14) Los agujeritos en los cachetes de mi ahijado cada vez que se tienta
15) Despertar, abrir mi vieja ventana y dar gracias a Dios

Aclaración: a pedido de mi querida amiga Gaby Baigorrí, esos son mis 15. Haciéndolo me di cuenta de que la lista podría ser larguísima; una buena manera de refrescar todo lo que nos hace felices, por más pequeño que sea.

jueves, 2 de abril de 2009

Yo, fascista


Hace unas semanas, me tildaron de “facha”. Fue cuando deslicé mi opinión con respecto al aborto. Dije sólo que estaba en contra. “Esa es la sociedad en la que vivimos hoy y tu comentario “facho” lo demuestra”, me disparó un amigo. ¿Perdón? ¿Facha? ¿Por estar a favor de la vida?

No entiendo a los que se ponen el rótulo de defensores de los derechos ¿humanos? y salen a las calles con pancartas a favor del aborto. No entiendo a quienes se dicen ¿zurdos?, despotrican contra la derecha genocida, bombardean con argumentos de igualdad y libertad y marchan en pos de lo que ellos llaman la ¿libertad? de elección.

Elegir, claro. Decidir si se quiere o no se quiere traer al mundo un bebé, una persona (por más que intenten llamarlo de otro modo). Santa solución, digo yo. Mujeres ignorantes –o no- que tienen relaciones sin protección, una y otra vez. Y una y otra vez los embarazos. Y una y otra vez la pobreza. Y una y otra vez la falta de recursos. Y una y otra vez el hambre y la desnutrición…y así escucho argumentos que van desde “las mujeres tienen pleno derecho sobre su cuerpo” ó “no se puede traer al mundo una criatura sin desearla”. Y etcétera, etcétera.

Entonces ¡Ya sé! Despenalicemos el aborto… y una y otra vez llevemos a nuestras mujeres a los doctores abortistas para que dejen de traer niños carenciados y no queridos al mundo. Listo. ¿Y dónde queda la esperanza, entonces? Yo, pese a tanta mierda derramada por el universo, todavía la tengo. Todavía tengo fe en que un mundo con educación es posible. Todavía creo que la gente es gente y se puede educar. Todavía tengo esperanzas de que el sexo puede y debe ir de la mano de la responsabilidad. Y todavía tengo la certeza de que la vida tiene un valor inmenso, superior, infinito…

Y a mi querido amigo, le aclaro: tanto la derecha extrema como la izquierda extrema me revuelven las tripas. No creo en ninguna de las dos.

martes, 24 de marzo de 2009

El gim: ¿placer o tortura?




Nunca me gustó hacer gimnasia. Correr, caminar, levantar pesas o pedalear y sentir que el corazón se me desarma, que los latidos se desesperan en mi pecho y que los 10 cigarrillos diarios me sacan factura con cada movimiento que me arranca del sedentarismo. Sin embargo, siempre dije que a los 25 iba a empezar a preocuparme y vengo de maravillas. Hace casi un año y medio que hago algo (alguito) tres veces por semana y me siento bien, mejor, más activa y con una pizca más de salud.

De todos modos, durante la hora que dura la clase no soy lo que se dice un ser humano plenamente feliz. Pero cuando salgo sí; me siento renovada y me engaño diciéndome que tanto daño no me debe hacer el pucho o las cervezas de los viernes si mantengo este ritmo gimnasta (a mi manera).

Debe ser por eso que me causó gracia cuando el otro día una compañera se me acercó y me dijo que eso de ir tres veces por semana me iba a durar poquito. “Es un vicio. Vas a ver que después no podés dejar de venir ni un solo día. No vas a querer parar; es hermoso”. Claro. Ella porque llega a las 17.00 y se retira a las 21.00 todos los días.

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué tiene de lindo? ¿Qué es lo placentero de pasarse una hora pedalenado empapada como recién salida de la pileta y después chuparse otra hora haciendo saltar lágrimas al levantar unas pesas? ¿A dónde está la magia de hacer seis minutos de sentadillas al ritmo de la música? ¿Qué tiene de posible “vicio” acostarse en el piso y elevar el tronco una y otra vez hasta sentir que te están quemando la panza con una brasa? ¿Cómo se puede desear hacer todos los días estocadas que hacen temblar las piernas y doler los glúteos?

Vamos… al que le apasiona el gim es solamente por los resultados a los que llega: la colita más levantada, unas piernas firmes, una panza chata y unos brazos marcados. Pero de ahí a hacerlo por placer… mmmm… no, no lo creo. Yo lo reconozco: una pizca de mis tres horas semanales son por salud y la otra gran parte es porque no tengo ganas de que el traste me llegue a las rodillas cuando cumpla 30. Es la verdad. De ahí a que se vuelva un vicio hay un trecho enorme.

Porque comer chocolates, devorar una hamburguesa llena de mayonesa y ketchup, fumar un Philip mientras tomo un vaso de fernet helado, repetir dos veces la compotera de flan de leche condensada o echarme a leer durante horas pueden ser vicios. Y esos sí que son hermosos… pero transpirar como un chancho bajo el sol mientras dura la tortura de Body Pump, no. ¿Estoy errada o mi definición de placer es muy personal y poco sana?